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Tiempo

30/12/2018 21:04

 

 

Yo solo quiero tiempo. Tiempo del de antes. Quiero tiempo.

Reyes Magos, Año Nuevo, cumpleaños, incentivos, aniversarios y todo tipo de sujetos que traéis (verbo) cosas de regalo (objeto directo) periódicamente(complemento circunstancial):

tiempo. Solo quiero tiempo.

Horas largas, atiborradas de minutos cachazudos. Tiempo espeso. Ratos contados con los dedos, segundo a segundo, como cuando se hacía la digestión uno de esos días de excursión al pantano. Cuartos de hora muertos dedicados a observar cómo una mosca se frota las patas. Mañanas interminables para acodarte en la terraza de la casa de la playa y deleitarte con ese reallity épico que son las vidas en otras terrazas. Tardes parsimoniosas sacando hilos a una tela barata para después dedicar más tardes parsimoniosas a hacerle la vainica. Estaciones plomizas como años malos, aquellas que tardabas décadas en atravesar para que saltara un suceso. Tiempo para sentarte en un banco del paseo y dedicarlo a mirar el cielo de septiembre: primero azul, después celeste, luego gris perla, y más tarde blanco. Verlo fundirse con las fachadas encaladas de las que ya solo se distingue el festón de las tejas recortadas, negro sobre blanco, hasta que llegan las bandadas de golondrinas y rompen el sopor y el silencio. Y volver al mismo banco al atardecer siguiente para repetir el hechizo. Porque sí. Porque hay tiempo para ver el cielo ponerse blanco.

Tiempo solo, quiero tiempo.

Tiempo para mirarse los granos, las espinillas los puntos negros y toda aquella sarta de mortificantes imperfecciones a las que hoy la presbicia y la ansiedad les han robado, lamentablemente, su capacidad de alarmar. Tiempo para extasiarse con las oleadas de polvo de tiza caracoleando en una franja de sol en un aula que ha bostezado en francés durante una sobremesa interminable. Tiempo para lavar una manzana y sacarle brillo con un paño – y que así se parezca a la de Blancanieves- antes de tumbarte en un sofá con un libro. Tiempo para volver tres, cuatro, cinco veces sobre una misma frase de Huxley cuando aún no se ha adquirido ese asqueroso vicio de que los ojos lectores corran más que la mente que va masticando la carne del texto. Tiempo para rumiar, diseccionar, analizar, escudriñar e interpretar un breve encuentro, una conversación trivial, una mirada.

Tiempo solo quiero. Tiempo.

Tiempo para enhebrar estrofas, dibujar palabras leídas sobre una cartulina –opalescence, vicuña, jengibre- y dejarlas que hablen. Tiempo para ordenar papeles, cajones, armarios, cajas y carpetas. Tiempo para releer lo escrito. Tiempo para apuntar las revelaciones. Tiempo creativo, fértil como el de aquellos tiempos, cuando una imagen o una frase eran como yesca que encendía la mecha larga de mi bolígrafo y prendía todo un universo. Tiempo como cuando las holandesas -¿por qué lucían tanto los manuscritos en holandesas?- iban abandonado el taco vestidas de acontecimientos imaginarios, viajes, fugas, golpes de efecto, diálogos, escenas… Tiempo para lijar los párrafos, echarles el aliento, frotar y comprobar que aún tienen impurezas.

Tiempo como el de antes. Solo quiero tiempo.

Porque lo tengo todo menos el tiempo. Las distracciones son estupendas para desintoxicarse de lo que agota, pero no son tiempo. Una repentina tarde libre es tan rara –y tan estéril- como ese billete de 20 euros que te encuentras en el bolsillo de unos vaqueros: lo destinas a lo rutinario, pero no lo celebras. Las motas de polvo ya no son un espectáculo sino otro deber incumplido. Las franjas de sol ya no son un regalo, sino chivatas del lapso que llevan sin lavarse las ventanas. Lo que sucede al otro lado de los cristales se ha desleído. Las grandes celebraciones ya no vienen precedidas de una tarde de dedicación a la vanidad, con un Martini seco sobre el lavabo.

Solo quiero tiempo: tiempo.

A un año solo logro sisarle 15, 16, 17 días de tiempo magro, puro, de ley. Lo demás es como una bola de plastilina en la que se han fundido varias barras de colores: cosas que no hay más remedio, favores, asaltos, parches, robos, hurtos, imprevistos, dispendios... Paso unas 40 horas semanales escribiendo y, sin embargo, en los últimos cinco años, apenas he escrito diez o doce páginas que yo haya querido, deseado o necesitado escribir.

Solo tiempo, tiempo, tiempo.

Quien quiera hacerme un regalo, que me dé tiempo.

Tiempo para escribir.

Es lo único que necesito:

tiempo.

 

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