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En defensa del anonimato literario

05/10/2016 14:08

 

 

Desenmascarar a la escritora o pareja de escritores que se esconde tras el nombre de Elena Ferrante es una vileza. El periodismo siempre le ha guardado mucho rencor y ha tenido muchos celos de la Literatura. Llamadlo exclusiva. Llamadlo putada.

 

Uno de mis mayores placeres de este mundo es que leo la vida como ficción. Siempre. Adonde quiera que vaya. Sin parar. Desde que tengo uso de razón.

 

Poso los ojos sobre una persona cualquiera –un transeúnte que cruza un paso de peatones, el ocupante de la mesa de al lado en un café, la conductora en el carril contiguo en un semáforo-, e invento su historia entera, la convierto en personaje y creo toda una existencia a partir de ese fugaz vistazo.

 

Me cruzo con una pareja y los convierto en protagonistas de un relato completo, con prodigiosos conflictos y aventuras, plazo de caducidad y motivos de ruptura. Veo a un grupo de gente y enseguida imagino qué los une, adónde van, por qué se han juntado ese día y a esa hora, cómo lograron casar sus agendas, visualizo los mensajes de Whatsapp e incluso me pongo a fantasear sobre quiénes faltan en el grupo y qué les impidió estar con los demás esa fecha.

 

He gastado miles de horas sentada en la calle Preciados o en cualquier otra zona del centro de Madrid, de Múnich , de París, de Estambul, de Roma, de Nueva Orleans, de Ámsterdam, de Lisboa, de Laguna Beach, de Atenas o de Helsinki, observando a los transeúntes uno a uno y construyéndoles las vidas imaginarias que me sugieren su porte, su aspecto, su expresión, su ropa y su actitud.

 

Las esperas en aeropuertos y estaciones de tren me proporcionan múltiples oportunidades de crear relatos completos a partir de un atuendo, un rostro, una maleta, y un andén o una puerta de embarque. El trayecto enriquece la narración en mi mente con los detalles del carácter –los que aparecen a simple vista y el suceso del que proceden-; el momento de apearse del transporte –el reencuentro con quienes esperan, la pinta del chófer que sostiene un cartel con su nombre, la soledad vacilante de quien pisa una nueva ciudad-, precipita el epílogo de cada historia que he imaginado.  

 

Creo que es lo que hacen los dibujantes en sus cuadernos de bolsillo, tomar apuntes del natural. Sólo que ellos son fieles a lo que ven, y yo sólo uso a los seres anónimos para imaginar sus vidas. No sé si se trata de una enfermedad con nombre o si, por el contrario, es un don. Lo que sea, es un placer para mí y siempre lo ha sido. Una prueba de que mi yo literario es mil veces más fuerte que mi yo periodista.

 

Por eso he tomado partido por el derecho a no dar la cara de Elena Ferrante, el seudónimo tras el que se esconde un fenómeno superventas literario cuyo anonimato había sido un misterio hasta esta semana, en que el periodista Claudio Gatti –siguiendo el rastro del dinero que generaban los libros de Ferrante- aseguró revelar quién/quiénes se escondían tras el seudónimo. Dijo que lo hacía por el interés del público a conocer ese dato, sobre el que, por lo visto, existía curiosidad mundial.

 

Yo no leo a Elena Ferrante, ni creo que la lea jamás. Los fenómenos literarios suelen darme alergia porque la posibilidad de decepción siempre es muy grande. Ni siquiera en un género –el policíaco- que consumo a base atracones, me he librado del sabor a plástico que tiene todo ´fenómeno’ avalado por millones de consumidores: leí la saga ‘Millenium’ y me pareció malísima. Una siempre busca un punto gourmet en la lectura, y los ‘fenómenos’ vienen a ser lo opuesto a la exquisitez.

 

Pero me parece perfecto que un autor de éxito quiera permanecer en el anonimato más opaco. Me parece legítimo que se niegue a participar en giras que le obligan a hablar con periodistas que no sólo no se han leído su libro, sino que se empeñan en centrarse en detalles de su vida privada que han leído en Wikipedia. Apoyo incondicionalmente que deseen abstenerse de firmar ejemplares o tener que inventar frases ingeniosas destinadas a los lectores que han hecho cola durante horas para tenerlos a tiro. Entiendo que deseen seguir haciendo su vida normal sin entablar conversaciones de mesa a mesa sobre historias y personajes que lo mismo les disgustan o prefieren olvidar. Aplaudo que decidan evitar a los espontáneos que les sugieren argumentos sobre los deberían escribir, o aún peor, brindándose como protagonistas interesantes porque “mi vida es como una novela y usted debería escribirla”.

 

Y, desde luego, la mejor razón para no salir a la luz es dejar cerradas todas las compuertas entre el autor y el mundo exterior. Que sea imposible establecer conexiones entre las circunstancias vitales y la narración. Que no exista manera de identificar a los personajes literarios con las personas del entorno del autor.

 

Que nunca aparezca el cuaderno de apuntes del natural y el escritor siga gozando de completa libertad para observar con ojos sucios o limpios. Para deformar, recrear, manipular, distorsionar, patear, ridiculizar, idealizar, parodiar, rehabilitar, abatir, apalear, redimir, maltratar, ensalzar, curar, someter, hacer sufrir o acariciar… a quien quiera y como quiera en beneficio de su relato.

 

Porque un autor de novelas no tiene ningún compromiso con la realidad. Nada le obliga a ser fiel a sus modelos originales, ni a reconstruir un suceso con todos sus puntos de vista. Ni a retratar a nadie de forma que se vea favorecido, como tampoco la tiene de representar la imagen que desearían ver los enemigos del personaje real.

 

Un escritor de ficción no tiene que dar explicaciones más allá de su obra. Lo que ha querido decir, lo ha dicho y punto final. Pare la obra y la deja a merced de lectores y críticos, y que cada cual desentrañe lo que quiera o lo que le permita su entendimiento. No hay más.

 

Reconozco mi espanto ante los estudios de eruditos en busca de porqués más allá de las novelas. Escarban en los jardines de los autores a la caza de episodios y los cuentan en libros aún más gordos. Editoriales desentrañando apuntes desechados por el artista, cartas de la época o facturas de la luz para poder aprovechar un nombre atractivo en un nuevo título. Personalmente, los encuentro carentes de trascendencia, es puro marketing. Y el marketing y la Literatura, con “L” grande, no se llevan bien.

 

Va un colega periodista y emprende un esfuerzo notable de investigación para desenmascarar a Elena Ferrante, quien ni ha evadido impuestos, ni ha cometido el menor delito, ni ha invertido sus ganancias fuera de Italia. Consigue una exclusiva morbosa que da la vuelta al mundo. Defiende su hazaña por el interés periodístico. Y destroza no sólo el encanto de cualquier misterio grande e inofensivo, sino también la libertad del autor/autora/autores de plasmar en adelante lo que le/les parezca  oportuno, de sentarse en una calle a tomar apuntes del natural, de hablar abiertamente con amigos y vecinos sin que éstos teman convertirse en personajes. De sentarse en un café sin verse abocados a alternar con extraños.

 

Detrás de muchos periodistas que conozco se esconde un escritor, más o menos frustrado. A veces sale y es peor. Pocas mejor. Es verdad que el estilo periodístico, tan técnico, se merienda buena parte de la capacidad literaria; lo cuenta Vargas Llosa en “Conversación en La Catedral”. Que la búsqueda de la verosimilitud destroza la inventiva. Que pocas veces se tiene claro que el propósito es el mismo -contar una buena historia-, pero que para unos debe ser real, mientras que para otros el anclaje a los hechos verídicos es opcional. Creo que hay un asunto de celos, reproches y viejos rencores entre periodistas y escritores puramente escritores.

 

El maltrecho periodismo actual, tan falto de recursos, ha dedicado una gran dosis de energía a desvelar quién se esconde detrás de Elena Ferrante. Y ha ganado la partida contra quienes no tienen ningún contrato deontológico con la verdad ni deben someterse a dar explicaciones.

 

Una exclusiva grande e inútil. Una putada enorme, también inútil.

 

Y todo, para darse ínfulas.

 

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