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Locos de Múnich

10/05/2016 12:08

 

De todos los locos callejeros con los que me he cruzado en mi vida, los de Múnich son los que mayor alarde hacen de sus trastornos. La mitad de los habitantes de la capital bávara vive en soledad, y algunos salen a la calle a gritar disparates como si fuera la única manera de establecer contacto con sus conciudadanos.

 

 

Repasando mi línea mañanera de noticias en Twitter, el diario de “mi otro pueblo”, el Süddeutsche Zeitung, me informa de que esta madrugada, un hombre ha atacado a cuchilladas a cuatro personas en la estación de tren de Grafing, una de esas localidades de la peculiar área metropolitana de Múnich. Ya ha muerto una de las dos víctimas que resultaron heridas graves en el ataque, un hombre de 50 años.

 

Leo en el diario de “mi otro pueblo” que agresor gritó “Alá es grande” o algo por el estilo, que tiene 27 años, que ya ha sido detenido y que tiene motivaciones políticas. Por mi parte, pienso si no se tratará de uno de esos perturbados que deambulan por Múnich gritando burradas, los locos callejeros más llamativos que he conocido en mi vida.

 

Cada localidad tiene sus propias costumbres respecto a sus locos. En mi pueblo natal, la costumbre era ocultarlos y no permitir que vieran jamás la calle. En otro pueblo que he pasado muchas temporadas, se pasaban el día en la calle, paseando y, algunos, molestando insistentemente a los niños.

 

Pero en Múnich he conocido a trastornados tan llamativos que merecen al menos un párrafo cuidado en un relato. Del millón largo de habitantes que pueblan la capital bávara, la mitad vive sola en su casa. Completamente sola.

 

Hay que explicar que Múnich es una ciudad amable, en la que la gente es simpática, se saluda y mantiene una breve conversación educada en cualquier circunstancia, desde la compra de unos Semmel (panecillos) a primera hora de la mañana, hasta cuando una se cruza con el hijo de los vecinos; los dueños de los restaurantes saludan a sus clientes en las mesas, y si el vecino de marquesina te ve consultando el mapa de transportes, tan complejo, lo corriente es que te eche un cable. No todas las ciudades alemanas son así.

 

Y sin embargo, la soledad completa, casi aislamiento, en la que viven tantos cientos de miles de personas, origina escenas que yo nunca había visto en ningún otro lugar del mundo.

 

Cuando yo vivía en la capital de Baviera, había una mujer de mi edad -entonces yo tenía 26 ó 27 años-, que tomaba mi autobús en la Leopoldstrasse hasta la plaza Münchner Freiheit. Era muy guapa. Llevaba un pantalón negro, un abrigo de peluche marrón abierto y los pechos al aire incluso en pleno invierno. Se maquillaba los ojos con una banda negra horizontal de dos centímetros de ancho, como un siniestro antifaz, y llevaba el cabello oscuro suelto y alborotado. Gritaba constantemente “¡quiero follar!” agarrada a la barra del autobús, “¡quiero follar, pero mi madre no me deja llevar amigos a casa, y yo quiero follar!”. Era un espectáculo tristísimo al que yo asistía tres o cuatro veces por semana.

 

En mi camino a mi trabajo en el aeropuerto, a eso de las tres de la mañana, me cruzaba en la estación de metro de la Karsplatz con un grupo de mendigos alcohólicos que se refugiaban en los pasajes subterráneos, siempre abiertos. Lo de alcohólicos no es una suposición: se sentaban en círculo alrededor de latas de cerveza y cartones de vino de supermercado. Uno de ellos, nunca se me borrará de la memoria, recortaba tiras de periódico y se las enrollaba en los dedos, formando moñitos retorcidos, uno por cada falange,  hasta lograr unos extraños guantes de papel. Cada uno tenía su pequeña manía, pero recuerdo con insistencia aquellas manos.

 

Otro de mis inolvidables locos de Múnich era un hombre mayor travestido de mujer que se sentaba en una mesa de mi pastelería favorita de la Amalienstrasse.

 

Era un café diminuto y muy barato que ya no logro localizar en mis paseos virtuales por Múnich a través de Google Maps. Tenía un escaparate extraordinario que exhibía todo el esplendor de la pastelería centroeuropea: circulares y gruesos pasteles Selva Negra, Dobos o Metternich, entre muchos otros, divididos en generosos triángulos, a apenas 2,5 marcos la porción. Al entrar, te encontrabas a la izquierda la barra-mostrador con más vitrinas y tartas, en las que cogías la pequeña bandeja de color indescriptible, pedías tu café y tu tarta, y pagabas. Podías irte a la sala interior e instalarte en aquel espacio que hoy sería hipster porque se había detenido en el lado más neutro de los 70, con sus bancos corridos de madera, sus cojines verde indefinido y sus mesitas bajas de formica crema con los picos redondeados. O podías quedarte a apenas un metro de la barra en los tres pequeños veladores cuadrados frente a la registradora, uno de los cuales ocupaba permanentemente aquel curioso personaje.

 

Tenía en torno a 60 años, y representaba su edad a la manera alemana: carnoso, de piel pálida y fina, y con lentes bifocales en una montura plateada. Hasta ahí, tono corriente. Pero atención a su atuendo. Llevaba una peluca rubia de carnaval, las mismas greñas largas de nailon amarillo brillante que se encasquetaría una enfermera sexy o una diablesa para completar su disfraz, colocada de cualquier manera sobre la calva y las pocas hebras de cabello gris que le quedaban. Aquel hombre llevaba también una falda de vuelo, sandalias de cuña sobre calcetines marrones de lana y una camisa gris corriente masculina sobre la que se plantaba un sujetador cuyas copas rellenaba con dos pelotas de tenis de color verde fluorescente.

 

Ante una taza vacía, permanecía sentado, mirando al infinito con expresión vacía durante horas, sin hacer caso a los clientes del café que, disimuladamente, le echábamos una discreta y sorprendida mirada de reojo. También él parecía la encarnación de la más absoluta soledad en ese Múnich bullanguero y divertido en el que tantas almas solitarias parecen vagar locas, cada una a su manera y por sus razones. Pero todos de una manera rutilante y fabulosa.

 

Que el atacante de Grafing tenga o no motivaciones fundamentalistas es algo que, de momento, está por ver. 

 

Lo que sí parece es un auténtico, típico, loco de Múnich.    

    

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