Ana Botella y su 'relaxing cup of' café con leche

08/09/2013 22:41

Hay que tener narices para hablar inglés delante de un país que no habla inglés pero al que le hace mucha gracia que se hable mal inglés. Como si se pillaran los chistes.

Ana Botella en Buenos Aires para presentar la candidatura de Madrid2020

 

Ana Botella no sabe inglés, pronuncia de pena el inglés y declama con dificultad un texto en inglés aprendido de memoria. Repítase la frase anterior sustituyendo “inglés” por “español” y también podría valer. Hasta aquí toda la sangre.

Ana Botella ha tenido las santas narices de vencer el miedo al ridículo -enfermedad endémica española que nos impide hablar otro idioma- y se ha plantado ante el mundo mundial con un discurso en inglés. Lo ha soltado ante millones de personas sabiendo que la iban a crucificar y a mofarse de ella. Como crucificaron en su día a Botín o a Aznar hablando inglés. Como se mofan de Raphael cantando “Aquarius” en inglés o del Príncipe gitano cantando el “In the getto” de Elvis Presley en un inglés indescifrable.

¿Qué es peor, hablar poco y mal inglés o no hablar nada de inglés? Yo creo que mostrarse refractario a aprender idiomas extranjeros y luego reírse de quien hace el intento es mucho peor. En este país que, a pesar de lo que dicen los currículums y Linkedin muy poca gente se maneja en inglés porque existe un pánico atroz al ridículo. Eso y nada más es lo que nos impide saltar la barrera idiomática. No somos genéticamente inferiores, ni tenemos peor oído que cualquier nativo de otro país. Simplemente, nos aterra que nos oigan y se rían de nosotros.

Absurdo. Un idioma extranjero pocas veces se domina del todo y eso hay que tenerlo claro. Cualquier avance o palabra nueva es una conquista, y deberíamos sentirnos orgullosos de aprender, sin complejos ni limitaciones. El aprendizaje de cualquier idioma extranjero es un camino largo, que empieza con la primera lección y que debe aprovechar todas las ocasiones posibles para avanzar.

Es exactamente lo contrario a soltar barbaridades sobre asuntos que sí exigen conocimientos sólidos. Por ejemplo, afirmar que en Noruega se vive muy bien porque los impuestos son altos, e ignorar que la riqueza nacional noruega viene de que encontraron petróleo en los 70. O, sin ser médico, ir recetando (y repartiendo) medicinas que ‘van fenomenal´ a cualquiera y para cualquier dolencia… esas adorables ancianitas con un verdadero alijo de medicinas gratis en el bolso… Con éstos nadie se ceba, nadie hace burla de ellos. Bueno, pues lo que hacen y dicen es más dañino que hablar mal inglés. Intoxican, cada uno en su nivel. 

Nunca hay que reírse de alguien que intenta entenderse en otro idioma. Es un acto de acercamiento y cortesía. Nos encanta cuando un actor de Hollywood o un futbolista extranjero pronuncian cualquier palabra en español, se nos cae la baba por su intento de agradar. ¿Por qué somos tan mordaces cuando uno de los nuestros quiere hacer lo mismo en otro idioma? ¿Por qué le resulta tan chusco a tanta gente que, probablemente no capte las sutilezas de un idioma extranjero mal hablado?

Sé de lo que hablo. Fui a un colegio en el que se daba francés y alcancé un nivel excelente gracias a la señora Aimée, nativa de francés. Tuve que aprender inglés a los 21 años cuando me di cuenta de que para viajar, trabajar y mil otras cosas que me apetecía hacer necesitaba hablar inglés. No fue fácil, porque encima, ya que estaba, me propuse aprender alemán. Sólo ocho meses en una academia y luego trabajo personal para aburrir: películas con subtítulos en los cines Renoir, compartir piso con inglesas, muchas tardes de intercambio, leer toda la prensa y los libros que caían en mis manos.

Mucha gente se ríe de mí cuando me escucha hablar por teléfono en inglés, en francés o en alemán. Nadie con quien estés hablando en un idioma extranjero se ríe de ti, eso te lo aseguro. Es al compañero de al lado, que no lo habla, al que le hace gracia, el que lo encuentra risible y digno de chiste.

Me resbala. La que disfruta de todas las ventajas de hablar estos idiomas soy yo.

Los que más se han reído de Ana Botella han sido los hijos de la´gauche divine´, educados en buenos colegios en los que se aprendían idiomas. Es como si siguieran considerando las lenguas extranjeras como su coto de caza particular. A la propia prensa, que se ha aprovechado durante décadas de la ignorancia nacional de idiomas, la están fastidiando -y bien- las generaciones que hablan idiomas y prefieren leer los hechos en las fuentes reales.

Me alegro mucho de que mi hijo de 13 años leyese el año pasado ´El Hobbit´ en inglés porque estudia en un instituto público bilingüe y está a un excelente nivel. Prefiero esto a que se distraiga con un ordenador regalado por una de las comunidades autónomas con peores expectativas escolares.

O se vence la barrera del miedo al ridículo, o se permanece en la ignorancia. No hay punto medio.

Hay que pensar a quién beneficia nuestra ignorancia. Porque la ignorancia ajena siempre ha sido el mejor negocio en España.