Deslumbrar es muy fácil

01/06/2016 14:58

 

Para apabullar a cualquiera basta un fogonazo. Aprendí a deslumbrar engañosamente a la edad de ocho años, y por entender lo fácil que era, nunca he vuelto a recurrir al artificio barato. Saber cómo se hace es lo que me libra de creerme las mentiras envueltas para regalo.

 

 

"Un gran poder requiere una gran responsabilidad". Yo lo aprendí en tercero de básica, en clase de la hermana Rosalina. Todos los días, antes del recreo, hacíamos un dibujo y lo dejábamos boca abajo sobre el pupitre. Cuando volvíamos a clase, todos estaban boca arriba, y las niñas nos arremolinábamos sobre los más bonitos, que solían ser los de una compañera de enorme talento, Mari Carmen, entrañable y encantadora, y a la que siempre le envidié esa capacidad de atraer la atención y admiración de las otras alumnas.

 

Es cierto que en los certámenes de colegio de chicas el buen comportamiento –que no era mi fuerte- solía puntuar tanto como la capacidad artística, ya fuera para hacer murales de ciencias naturales o para escribir redacciones, pero en el caso de Mari Carmen era absolutamente justo: ella dibujaba mejor que nadie, tenía las mejores ideas y sus trabajos estaban muy por encima de los de las demás.

 

Un día quise arrebatarle el corrillo de admiradoras y recurrí a toda una batería de trucos baratos. En vez de mis habituales paisajes, dibujé una princesa rubia, de pelo largo y ojos azules, coronada con una diadema cuajada de piedras preciosas y con un vestido rosa chicle. Utilicé todos los recursos a mi alcance: ceras fluorescentes, maquillaje exagerado, multitud de gemas de colores facetadas en talla diamante, joyas como para cubrir un árbol de navidad, destellos, pliegues de tela, volantes y todo tipo de ringorrangos capaces de atontar a niñas de ocho años.

 

Conseguí lo que quería: a la vuelta del recreo, mi pupitre  tenía un nutrido grupo de fans y el de Mari Carmen, no. Pero no me sentí nada bien a pesar del éxito: ni había dibujado algo que me gustase a mí, ni lo había hecho de la manera en la que yo pensaba que había que dibujar. Había hecho trampa, y no tenía ninguna sensación de triunfo. No he vuelto a hacerlo jamás, ni dibujando ni en ningún otro campo que exigiera un esfuerzo creativo.

 

Con el tiempo, Mari Carmen fue una buena amiga e hicimos montones de dibujos y escribimos montones de cuentos juntas. Fue una de mis mejores amigas de los diez años y siempre le reconoceré, además de su enorme talento creativo, el haberme hecho entender que no vale la pena deslumbrar, que es inútil ganar con engaños y que lo valioso es ser como ella, la mejor de verdad en algo.

 

Lo falso puede ser muy bello, muy seductor, muy deslumbrante. Para aturdir a una mente inocente sólo hace falta un foco de muchos watios. Todos somos ingenuos en algún terreno, así que resulta muy complicado, en ocasiones, saber qué parte de lo que nos están contando es viable, factible, real, sustentado en datos sólidos y, en definitiva, creíble.

 

Puedo entender a quienes prefieren refugiarse en una ilusión de cuento de hadas, las promesas de un Camelot forrado de oro y buenas intenciones, justicia social y rehabilitación de los oprimidos.

 

Pero no puedo creerme a quienes aseguran que nos llevarán a ese paraíso, porque entreveo muy claro que están recurriendo a subterfugios similares a los lápices de cera fluorescentes para realizar un dibujo idílico, pero engañoso y malintencionado, como era el mío. Y porque deduzco que el propósito es el mismo que el de mi pintura: congregar a mucha gente, recabar admiración y dejar K.O. a quien de verdad tiene mérito.

 

Deslumbrar y engañar es muy sencillo, yo lo entendí a los ocho años de edad.

 

Gracias por la lección, Mamen.