El arte del dolor se llama Ucrania

26/02/2014 20:51

Considero que Ucrania ha vivido el dolor más profundo y sostenido del último siglo. Quizás mis simpatías hacia este trozo de Europa que no parece Europa proviene de las obras de arte nacidas de su inacabable quejido.

 

 

 

 

Estos días que un hilo de sangre vuelve correr por Ucrania, admito que mi corazón está con lo que hasta hace apenas unos días era la oposición al presidente prorruso y aliado de Putin, Vickor Yanukovich.

 

A pesar de su heterogénea y sospechosa amalgama. A pesar de que su líder virtual, Yulia Timochenko tiene más de Thatcher que de Aung San Suu Kyi. A pesar de que las últimas revoluciones primaverales sólo parecen traer caos, desencanto y más represión.

 

La feroz ley que el parlamento ucraniano, la Rada, aprobó el 16 de enero, a traición y fuera de procedimiento, segaba las libertades elementales de los ucranianos y las colocaba en una bandeja de plata a los pies del presidente ruso en señal de sumisión. La oposición tomó las calles con la palabra libertad en los labios: de manifestación, de protesta, de prensa, de expresión…   

 

Siempre estaré de parte de la libertad. Y de Ucrania. No sé por qué. Tal vez porque de todos los sufrimientos humanos recientes, su dolor ha sido el más profundo e intenso del que he tenido conocimiento. Quizás la Camboya –Kampuchea- de la era jemer fuera peor, pero las últimas ocho décadas de Ucrania tienen ese sabor a vómito de la catástrofe que nunca ve el fin.

 

Y porque ese regüeldo en bucle con regusto a ceniza de cadáver ha sabido convertirse en elegía al alcance del entendimiento universal.

 

Crónicas de la hambruna

 

El Holodomor fue la espantosa hambruna que se llevó a unos siete millones de vidas entre 1932 y 1933 en pleno proceso de colectivización de la tierra. Con rango de holocausto, aún se discute si la causó el hambre genocida de Stalin o la codicia de los kulaks.

 

Fue narrada hasta el hueso por el escritor soviético de origen ucraniano y judío Vasili Grossman en su obra Todo fluye, uno de los libros más tristes que jamás he leído, más sobrecogedores y espantosos. Nunca el hambre fue más atroz, ni más cruda, ni más desesperada, ni más fiera que en palabras de Grossman.

 

Sabiendo que encierra el relato más sombrío con el que me he topado, la historia de la maestra, vuelvo a Todo fluye constantemente porque, por fortuna, es uno de esos libros “a los que se llega y de los que no se sale”.

 

Memoria entre girasoles

 

La Segunda Guerra Mundial y el nazismo fueron otra lengua de fuego sobre Ucrania. Tres millones de civiles muertos, la mitad de ellos judíos. Aldeas enteras borradas del mapa alma a alma, quemadas, fusiladas, deportadas, borradas de la tierra y la memoria para siempre.

 

La maravillosa película “Todo está iluminado”, basada en el libro de Jonathan Safran Foer es una de las roads movies más tiernas, hermosas y divertidas de la última década. Con una fotografía de las que cautivan, unos actores perfectos (¡Oh, el genial Eugene Hütz), y un vaivén mareante por estrechas carreteras ucranianas.

 

Toda la historia dice “vente a Ucrania”. Desde la estación de Odessa hasta los hoteles llenos de chinches y las bombillas desnudas. Es como si el destino tuviera previsto llevarte un día, quieras o no, hasta un campo de girasoles con una casa que encierra las almas de todo un villorrio. Bella hasta el tuétano. Comprensible. Asumible. Adhesiva.

 

Después llegaría Chernóbil, el paradigma de accidente-desastre por excelencia de mi época de estudiante y alimento extra para la desgraciada historia de Ucrania. Además del viaje a la desolación más fascinante que se puede hacer hoy en día, aún espero –entre los mil documentales y reportajes- una obra de arte inspirada en esta tragedia nuclear en concreto.  

 

Creo que Ucrania merece degustar la libertad. Respirar. Salir al mundo más allá de Eurovisión o del Mar Negro.

 

No sé lo que es, pero todas mis simpatías están con Ucrania.