La burbuja inmobiliaria la inflamos entre todos, y eso es así

18/05/2016 12:08

¿Cómo? ¿Qué había políticos conchabados con empresarios para recalificar terrenos y que se repartían las ganancias?

 

 

¿De verdad nos enteramos este martes, cuando el tal Marjaliza cantó hasta la Traviata ante el juez e implicó a sotas, caballos y reyes del PP madrileño en la trama de la Púnica? ¿Nadie sospechaba nada? ¿Somos todos inocentes espectadores de la orgía ladrillera que ha abocado en la catástrofe económica en la que andamos metidos desde hace ocho años? ¿Nadie se olió nada hasta que empezaron a detener a políticos y a publicar fotocopias de dietarios?

 

Ahora parece que toda la culpa de la burbuja inmobiliaria es de los que trapicheaban con solares, de los mandamases de las excavadoras y de los que buzoneaban hipotecas. Pero se suele pasar por alto el detallito de que nada de esto habría ocurrido sin gente comprando pisos a cualquier precio, de forma ansiosa, sin echar números en casa, sin leer la letra pequeña, sin prever un hipotético revés laboral y aceptando cualquier pago en dinero negro.

 

Nos gusta pensar que la corrupción se acabaría apartando a las elites políticas como si fuera la nata de la leche, pero los políticos corruptos no llegaron en platillo volante desde una galaxia muy muy lejana, no son colonos de la metrópolis. Nacieron aquí, crecieron aquí, se hicieron políticos aquí y dejaron crecer aquí el talento natural que todos tenemos en este país, sólo que con acceso a cajones muy abultados.

 

Siempre que digo esto me suelen saltar a los ojos los “indignados”. Me dicen que “no es lo mismo robar mil que un millón”, pero tengo varios ejemplos de aquella época que me dicen que sí, que muchos particulares se han pringado en la misma porquería, y que si se escalan las cantidades robadas, puede ser incluso peor.

 

Tengo tres ejemplos muy evidentes de cuando quería cambiarme de casa, vender mi piso del centro y comprar otro más desahogado fuera de la M-30, para criar a los niños con zonas verdes y más espacio. Los tres casos que voy a contar son reales, me sucedieron a mí –no me los ha contado un amigo de un cuñado-, todos son proposiciones delictivas y corruptas de personas corrientes, propietarios de pisos de protección oficial.

 

El primero era una casa de 100 metros en Mar de Cristal, un pisito corriente de tres dormitorios frente al Palacio de Hielo, construido en los 70 y con su placa del Ministerio en el portal. Aunque estaba muy cuidado, había que tirarlo entero, porque estaba anticuado y viejo. El propietario, un funcionario padre de familia, tenía el aspecto más decente del mundo, por eso me sorprendió tanto que nos advirtiera que, de los 40 millones que pedía por su casa, hubiera que entregarle diez en negro y escriturar por 30. Le dijimos que ni hablar allí mismo y salimos corriendo.

 

Nunca comprobé si se llegó a vender o no, en aquella época veíamos tres o cuatro casas por semana y, como era la primera vez que nos hablaban de pagar parte de una casa en dinero negro, simplemente, me pareció que se trataba de un hecho aislado y me olvidé. Hasta la siguiente.

 

La segunda vez fue en Rivas-Vaciamadrid, un dúplex precioso con jardín y piscina, de los primeros que se construyeron en la joven localidad, y también protegido. Nos enamoramos de él a primera vista, aunque también había que reparar bastantes desconchones y tenía demasiadas escaleras, pero el jardincito era una monada y los 37 millones que nos pedían por él, en aquel momento, lo convertían en asequible. La propietaria era una chica de mi edad, llevaba un vestido azul de Carrefour y nunca pensarías en ella como una rabiosa especuladora. Pero nos pidió escriturar en 17 millones y entregar 30 millones en “B”. Por lo visto, la calificación de protegido seguía vigente y no se podía escriturar más que por 17 millones. Según ella, era la ley, y no me cabe duda de que así era, sólo que la ley también habla de mover pasta bajo cuerda, y dice que eso pertenece al terreno del mal.  

 

Que una persona corriente repitiera el requisito de entregar una gran cantidad en dinero negro por una vivienda de protección oficial, me puso en alerta: ¿cómo era posible que nadie estuviera inspeccionando esas transacciones? Por desgracia, la codicia de aquellos que un día ganaron el derecho a una vivienda protegida no paró ahí.

 

Un par de semanas después vimos otra casa en el Pinar de Chamartín, un barrio estupendo en el que el Plan 18.000 construyó varias urbanizaciones excelentes, con garaje, piscina y jardines, entre ella la que vimos. En aquel edificio no se habían hecho tantas mejoras como en otros proyectos del Plan, por lo que los suelos, las puertas y las zonas comunes no eran lujosas, pero el piso era bonito, amplio y el barrio nos encantaba. Pedían 44 millones. No nos atendió el propietario, sino un listo de una inmobiliaria acompañado de un “funcionario”. El listo explicó las condiciones: 14 en escritura y 30 en “B”; el “funcionario” estaba allí para garantizar, él, de palabra, que la administración no ejercería su derecho de recompra y que él se encargaría, personalmente, de que la transacción pudiera realizarse, “tocando” al fulano pertinente, puesto que aún no había transcurrido el período de carencia que impedía vender una vivienda protegida.

 

¿Por qué no les pedí sus tarjetas de visita para tener sus datos? ¿Por qué no les hice explicarme en una hoja de papel, de su puño y letra, cómo iba a ser la patraña, fingiendo que me iba a quedar con la casa, para tener una prueba documental?

 

¿Por qué no denuncié a ninguno de los tres? ¿Por qué no di la voz de alarma entonces? ¿Por qué no avisé a Hacienda de lo que planeaban estos tres ciudadanos ejemplares? Todo lo que hice fue renunciar a comprar un piso, entre otras razones, porque no tenía una fortuna en el colchón para distraerla en transacciones ilegales y porque tampoco quería hacerlo.

 

Creo que hasta que no saquemos la corrupción de cada uno de nosotros no habrá verdadera regeneración. La vivienda protegida es sólo un ejemplo de cómo lo que en teoría es bueno puede acabar convirtiendo en delincuentes a la gente común.

 

Por supuesto que quiero cambios, pero otros cambios. Los que se proponen desde los sectores más rupturistas, por ejemplo, en el terreno ladrillos, no son más que remiendos a un sistema que se ha demostrado proclive a la corrupción.

 

Quiero cambios más profundos en materia de vivienda protegida. Que las administraciones nacionalicen todas las casas subvencionadas. Que los particulares no puedan comprar ni vender pisos que han recibido ayudas públicas. Que sean de alquiler y que se revise periódicamente la concesión para adecuarla al número de ocupantes. Y que nadie pueda hacer fortunas en dinero negro con algo que le hemos pagado entre todos porque lo necesitaba más que otros.

 

Eso quiero. 

 

Comentarios

Date: 01/06/2016

By: MYRIAM

Subject: LA EUROPA MEDITERRÁNEA?

Me parece estupenda tu exposición pero mi pregunta es: ¿Somos los Europeos de la franja mediterránea más corruptos que los demás componentes de la CEE?. ¿Es cultural?. Si lo llevamos en nuestra memoria celular vamos a necesitar muchas generaciones hasta que se produzca un cambio de conciencia.
Este asunto, está generalizado en toda nuestra sociedad.

Date: 19/05/2016

By: Miriam Bustos

Subject: Estupendo artículo

Ameno e interesante, y lo que muchos no quieren oir

Date: 18/05/2016

By: Eugenio

Subject: ¡Bien dicho!

Muy bien contado. De vez en cuando hay que reivindicar también la responsabilidad individual, y no dejarlo todo en manos de "papá estado". Porque cuando el dinero "es de todos" al final parece que no es de nadie.

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