Yo, que hice la revolución con el ‘Cojo Manteca’…

27/03/2014 15:23

 

 

 

 

Qué tiempos, del 84 al 87… Tener 20 años, más o menos. Madrid. Estudiante de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, ese edificio pringoso del que se decía que se había construido los planos de una cárcel canadiense o australiana.

 

Había ‘ayudas al estudio’ en la propia Facultad. En el antiguo bar, cerrado por obras poco después, un proveedor de sustancias varias había establecido su comercio en una mesa junto a la pared. Parecía un concesionario. Barras de hachís y centraminas expuestas en la mesa, navaja y balanza de precisión para despachar a vista del cliente.

 

De esa misma pared, diciéndole ‘¿te importa?’ robé el cartel que anunciaba una exposición de José Manuel Nuevo en la galería Moriarty.

 

Periodismo era la rama cañera de la Facultad. Publicidad se distinguía como especialidad glamurosa y, como aún no habían llegado las universidades privadas, alguna chica se dejó ver en clase con abrigo de visón. A los de Imagen se les reconocía por la pinta: punks con medias de rejilla, rockabillys con tupé y chupa de cuero, y los no inscritos en tribus al menos llevaban mechones de colores chillones o gafas de pasta, entonces muy exclusivas.

 

En nuestra rama -repito, Periodismo- éramos algo más mugrientos… a pesar de que había gente de todas clases y procedencias, teníamos mayoría de vaquero lavado, jersey oscuro y mucha pegatina revolucionaria en las carpetas.

 

En mi grupo teníamos un sacerdote, un compañero muy brillante que llegó a dirigir los informativos en la tele nacional, un señor de 70 años, gente del Opus, un ‘lesbian lobby’  y hasta un pelota de manual que cuando al profesor le fallaba el micrófono sacaba de su maletín de ejecutivo un micro portátil de emergencia (pobre, acabo de guglear su nombre y me ha salido su perfil en Infojobs).

 

En cuanto un profesor llegaba diez minutos tarde a clase siempre salía un alumno (también está en Infojobs y una vez le vi en La Vaguada haciendo cuentas de ING) a gritar que hiciésemos una sentada en el Rectorado.

 

¿Éramos especialmente inquietos, revolucionarios o alborotadores? ¿Nos movían grandes ideales? No mucho. Pero nos fuimos apuntando a protestas varias, algunas de tinte muy burgués, y en muchas ocasiones porque parecía una excursión o una quedada en ‘El Parador de Moncloa’ más que una manifestación.

 

Supongo que a los 18 ó 20, uno necesita una guerra, una revolución, una kale borroka o lo que sea. La emoción de quebrar la tranquilidad de otros, de provocar, de levantar el dedo a las beatas, de andar corriendo ante la policía o cualquier otra historieta que contar a los nietos.

 

En el 86 tuvimos una huelga salvaje de profesores interinos que nos dejó cuatro meses sin clase y creo haberme unido a algún tipo de algo. Ese mismo año recuerdo haber secundado con bastante contundencia las protestas de los estudiantes de escuelas técnicas superiores contra la ley de atribuciones que equiparaba las carreras de tres años con las de seis. Ésa fue sonada. Todo, porque salía con un estudiante de Ingeniería Aeronáutica.

 

En enero del 87, y no sé por qué razón, quizás contagiada por el espíritu de los ingenieros, me uní a alguna protesta de estudiantes, famosas por los destrozos que causaron por Madrid y porque se repitió en todos los telediarios la imagen de un espontáneo llamado Jon Manteca –el Cojo Manteca- que rompía farolas con la muleta.   

 

Y después, en diciembre del 88, estuve con quienes convocaron la huelga del 14D, la más devastadora que ha visto este país.

 

También recuerdo a un aterrador grupo de punkies agresivos con crestas chutándose una cabeza podrida de atún junto al escenario de las fiestas de San Isidro en el Paseo de Camoens. Porque sí.

 

Desde finales de los 70, recuerdo a gente protestando por las calles y a jóvenes rompiendo cosas. Y a gente que tiene miedo de estas cosas.

 

Quizás no entiendo el endiosamiento de los herederos del ‘Cojo Manteca’.

 

Porque la capacidad de asustar, de zurrar, de rodear a un individuo y agredirlo, de ser violentos, de amenazar o de matar, la tenemos cualquiera de nosotros.

 

Creo que los agresivos cuentan demasiado con la mansedumbre ajena. Como los que no vacunan a sus hijos y no pasa nada porque los demás sí lo hacen.

 

Da qué pensar.

Y tú ¿qué has pensado?

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